quinta-feira, 30 de junho de 2011

Hoje acordei de bode


As tais três gotinhas pra dormir melhor são tão pequenas que quase nem enxergo; podem cair duas ou quatro. São para acalmar um pouco o incômodo do túnel do carpo, coisinha à toa, uma coceguinha besta, um adormecimento na mão direita. Na esquerda já passou, coisa pouca.

Acordei de bode, sim, mas nem sei por quê. É uma pequena chatice, que nem a dormência na mão, quando o dedo do meio fica parecendo uma linguiça calabresa, só uma sensação ruim, mais nada. Algo assim de chatinho, suave, denso, mas sem cor nem forma de dor...só um bode.

Pra piorar, quis ligar pra editora. Era urgente, mais um na listinha de nove itens para resolver; coisa pouca também, mas tudo urgente: ligar para o Pedro das pedras, o João do portão, corrigir a revisão dos três livrinhos de inglês para entregar os DVDs antes de 10 de julho (detalhe: a programação visual ainda não chegou da editora, mas isso não atrasa a data final, claro); desbloquear o celular do meu filho do meio, ligar para reclamar da anuidade do Visa, imprimir os outros três livros de espanhol que acompanham a série infantil, levantar o cocô dos cachorros do jardim, e levar a cachorra ao veterinário porque latiu a noite toda e não deixou ninguém dormir. E se der tempo, mandar lavar o carro da livraria que depois da última feira ficou imundo, mas o cara do posto se recusa a molhar as mãos no inverno. Pode pegar gripe e já está com mais de 60; tadinho, poderia ser fatal. Ele tem razão.

É bode mesmo: o celular estava perdido e a hora de ligar pra minha editora estava correndo; quinze minutos depois de procurar em meio aos livros, revistas de história, provas misturadas das três edições em inglês às do espanhol, nada, o celú tinha sido tragado pela terra. Que bode! Chamo a Cássia, a moça da limpeza:    —Onde escondeu o celular dessa vez, Cássia?...—Chô ver, estava junto com os óculos, que deixe na banheira?, não, nas roupas do Gabriel?...perai. Depois de outros vinte minutos, achamos o celular no micro-ondas, encima dele por sorte, e não dentro.

Ligo urgente para a editora; mas acaba a bateria; —Cadê o carregador Cássia?...—Perai, na hora de dar de comer ao canário...não, para! tá aqui. Ligo e nada, ocupado: “Librería Española agradece su llamada. Ud. es muy importante para nosotros, no cuelgue, pip, pip”. Igual, em espanhol ou em português, o bode segue firme. Atendem: —Olá seu Xavier (meu nome é Javier, mas vai lá, topo qualquer coisa) —Cadê a minha editora?. —Acabou de sair pra gráfica, seu Xavi (essa moça está tomando confiança de mais da conta!).

Melhor sair e tomar um cafezinho com leite na padaria, quem sabe passa o bode. Bato a cabeça na última samambaia que sobrou em todo São Paulo, a da minha casa. Antes havia samambaia em tudo quanto era canto: no banheiro, na varanda, na copa, na lavanderia; agora não, sumiram. Mas a da minha casa estava ai, bem na hora em que eu saia, batendo no meio da minha testa dura de argentino de Córdoba.

E o bode não passa. Fui até a padaria, parece que estou à Paris, ninguém sabe mais o que é uma média, nem café de coador de manga, em copo de vidro então nem pensar. Lá na França ninguém toma café em copo de vidro, deve ser demodée la, à Paris, portanto, aqui na Serra também é, e cafona por cima.

Achei! Achei o Axé, quer dizer; isso de ser editor é bom: na hora do maior bode você acha um autor legal, simpático, professor talentoso e divertido que espanta o bode, mas por pouco tempo.

Porque depois de achar o Aché, achei o motivo do bode: puxa vida, já sei, é uma dor pequena, sem motivo, à toa, coisa pouca. Mais não, eu queria mesmo ver um par de amigos da editora lá em casa, e receber os novos amigos, o Sérgio e o editor dele, gente fina e “del campo ajuera”, como diria Victoriano Unzaga, o que garante que a festa vai ser boa e a conversa ao pé de todos os ouvidos, melhor ainda. Mas não sei se vai dar. As escaramuças norte-sul atingiram em pleno a pizzaiada. Ir ao sul não posso –motivos filias me impedem. Os do sul acham o norte longínquo; o que fazer, ô dúvida, ô bode!

JV

segunda-feira, 27 de junho de 2011

Para venderle el alma al Siete Pieles.

Devil_Girls_Night_Out_by_jerrycarr.jpg picture by xicabely
Allá lejos y hace tiempo, en los primeros días de un otoño indefinido en São Paulo -trópico caliente y frío, seco y lluvioso, si los hay variables en los varios Brasiles que conozco- la Internet me impidió de vender mi alma en remate.

Ellos, el Dueño, o los Dueños de Internet, no me conocen todavía; no saben quién soy yo: cuando se me pone en la cabeza que quiero vender algo, mi alma por ejemplo, sea en remate abierto, universal y democrático, o en licitación cerrada y corruptible, siempre lo logro.

No es la primera vez que la vendo o la alquilo a terceros; sea con usufructo por tiempo limitado, a través de licencia de uso, leasing o franquicia, o con claúsula de reversión o retorno; ya la he puesto en el mercado un par de decenas de veces.


Pero ahora el Gran Hermano de la Internet se niega a que sortee mi alma, o que la ponga a remate en la red mundial de computadoras. Es un desafío; como dice mi mujer que le contaba un alumnito: si me prohiben algo, yo tengo que hacerlo...y lo hago!

Por todo esto, está dicho y consagrado, decidido y consumado: voy a vender mi alma al diablo. Tengo 55 años y, si el mundo sigue girando tan rápido como en la última década, en los próximos once otoños estaré al borde de completar dos tercios del código de satanás: ¡66!

Y ¿quién me garantiza entonces que el demonio no se apropie de mi alma sin darme la oportunidad de haberla negociado una vez más?

Queda dicho y repetido hasta mi hartazgo o el de mis oyentes y/o lectores: el diablo puede pasar a tomar lo que es suyo, siempre y cuando me deposite la cantidad que le comuniqué, hasta las dos y media de la tarde del 25 de abril de 2006.

Y advierto que esto no es un cuento ni una crónica; ni es un gancho para llamar la atención de la próxima novela que voy a lanzar el mes que viene en la feria del libro de Buenos Aires.

Es la más pura verdad.

J.V. Marzo de 2006, BsAires.

quinta-feira, 23 de junho de 2011

El día en que el Malo lo visitó a Victoriano


Siento que la enfermera me pone el termómetro debajo del brazo; es una sensación suave y casi desconocida, porque es la primera vez en un largo tiempo -¿semanas, meses?- en que puedo estar seguro de haber sentido un roce firme en la piel. Pienso en moverme, pero ni siquiera hago el intento. Me canso, el esfuerzo mental debe haber sido más grande de lo que me imaginé; sigo en coma, me adormezco otra vez:


“––Al abuelo Victoriano le gustaban los cuentos de almas en pena, historias de espantos y de duendes–– me dice mi primo, bajito, casi al oído, después de un buen tiempo de haber terminado su relato de los mapuches y los bravos españoles que luchaban contra Lautaro. Mis hermanas ya habían salido, y parecía que Raúl me hablaba directo al subconsciente, como queriendo sacar algo de mis memorias profundas. Después Raúl salió también, y el viejo se movió un poco en su hamaca de mimbre en el rincón del cuarto del sanatorio, y entonces me di cuenta que había estado todo el tiempo allí, armando su chala con semillas de anís, muy despacio, esperando que llegara la hora de la oración para irse a buscarla a Eufemia a San Antonio. Y empezó a contarme:

––Una noche el diablo vino a mi casa– me largó de pronto, sin aviso previo y calculando el impacto, mirándome con sus ojos de viejo pícaro, mi abuelo Victoriano. El atardecer era la hora ideal para cuentos de espantos, y al viejo el tema del diablo le encantaba.

––No recuerdo bien el año, 35 ó 36; creo que el diablo vino a las Chacras durante un otoño frío de tiritar, después de un verano largo, seco y caluroso, con un viento ardiente y sofocante. Durante esa primera visita de Mandinga sólo me limité a abrirle la puerta, hacerlo pasar hasta la galería, y tratar de cumplir con lo que me él me pedía, o mejor dicho, lo que me exigía su alma en pena: nunca jamás debería hablarle–– agregó con voz misteriosa el viejo. ––Tal vez ese haya sido un gran error mío con el que me jugaría la suerte más tarde. Pero, ¡la yeta puta! ¡Si no era cosa que algo me saliera bien, carajo!
––Me acuerdo clarísimo de aquel encuentro: no me puedo olvidar de cómo los gallos y los pájaros cantaban, como enloquecidos, y revoloteaban en las quintas de los vecinos, cómo cacareaban las gallinas, y ladraban los perros, y el repicar de las campanas de la capilla de San Antonio. Las ramas de los árboles crujían con violencia, agitadas al viento, y tuve la impresión de que aquella visita iba a cambiarnos las vidas a Eufemia y a mí para siempre.

El único equipaje del diablo era una bolsa de las compras y un librito viejo que cargaba en la mano. ––Pero no me animé a preguntarle de dónde venía ni hacia dónde iría después; no podía hablarle, pero durante esa noche las horas pasaron tan rápido que, recién terminaba de servirle un mate cocido y unos bizcochos de grasa, allá en el galpón, cuando sonaron los redobles de las seis en el campanario de San Antonio––.

––Después de una larga semana conviviendo a la fuerza con el Mandinga, a veces yo esperaba que el Malo saliera de la finca un rato, y en seguida me iba corriendo hasta su pieza a hurgarle entre las cosas. Fue así que tuve la sorpresa de ver que, aunque había llegado a las Chacras sin equipaje, el Diablo se cambiaba de ropa todos los días. Sus pantalones, alpargatas y camisas eran siempre diferentes, tanto las que se ponía a diario, como las que le encontraba cada vez que le revolvía sus cosas, de distintos colores y tamaños, muchos tipos de botines y ropas, todos los que te podás imaginar–– me asustaba Victoriano con una voz que resonaba cada vez más gruesa y lenta.

––Así es que un buen día decidí tenderle una trampa al Diablo, para tratar de sacarle la máscara, para saber a qué se dedicaba y por qué no hablaba, adonde se iba cuando salía, o qué carajo hacía en todos esos misteriosos paseos, en los que nadie más lo veía. Pero a él se le volvió una especie de juego la trampa que quise armarle. El Malo tenía los pensamientos y la mente más cínicos, perpicaces e inquisitivos, y las actitudes más sagaces que yo hubiese conocido hasta entonces. Mi astucia campesina no me sirvió de nada, al contrario, me enredó cada vez más en mi propio juego; a tal punto que creo que llegué a pensar que él ya se lo traía todo planeado desde su aparición–– prosigue el cuento. ––Aún a sabiendas de esto decidí jugármela a fondo, porque, al final de cuentas, ¿qué podría perder, no?–– me mira mi abuelo, como desafiante, y a la vez orgulloso de su historia.

––Me senté en el sillón de mimbre de la galería a esperarlo al Mandinga. Tomé unos mates y armé dos chalas, mientras contaba las horas, cada minuto y cada segundo, porque de un momento al otro, el colectivo de La Falda iba a pararse, y él entraría por el portón. Cuando ya estaba muy oscuro, como no llegaba, y el otoño de Catamarca es muy frío, fui al salón y me senté en la hamaca, tapado hasta la nariz con una colcha gruesa de alpaca–– prende el cigarro de anís, le da unas pitadas y tose.

––Me fue viniendo el sueño y cerré los ojos, pero pocos minutos después escuché el chirrido agudo de los frenos del colectivo y seguí los pasos de las alpargatas arrastradas del Mandinga pasando la tipa, por debajo de la santa rita, y cuando rozó la hamaca en la galería. Luego percibí la llave que iba girando en la cerradura de la puerta verde del salón. Abrí despacio los ojos y observé la manera lenta de las dos vueltas de la llave. Ví la hoja pesada de algarrobo, que al abrirse dejaba filtrar un rayo de luna reflejándose en las baldosas de cerámica, y se vino el Malo cruzando el salón, derecho hacia mi reposera. Me quedé muy quieto, casi sin respirar. El diablo se me acercó y de entre sus ropas lujosas sacó lo que yo pensé que era un fierro, y recé por mi suerte–– prosigue Victoriano.

––El Malo dejó entonces alguna cosa al lado de la reposera, al costado, y arrimó un banco para sentarse bien adelante mío. Me miró derecho a los ojos, como si estuviéramos en un juego de chinchón o de truco. Yo no quería hacer el primer movimiento, y pensaba que algún otro, más churo que yo, en mi lugar ya se le hubiera tirado encima, pero no, yo no, ese no era mi estilo. Preferí esperarlo, alerta, listo con el facón por debajo de la colcha, para defenderme, por si acaso el Mandinga me atacara–– cuenta mi abuelo.

––De pronto el condenado hizo un movimiento corto pero muy ligero en mi dirección, como si fuera a arrancarme la colcha de un manotazo; y ahí mismo le vi las garras, las manos enormes y peludas, y debo haber dado un grito ¡carajo!, porque él soltó una carcajada. Es que yo, sin querer, había roto mi promesa, ya no podría continuar el juego peligroso y fatal con Satanás–– terminaba su relato mi abuelo, mientras yo me moría de miedo.

––Me levanté muy despacio y le devolví su pago al diablo: eran trece billetes nuevitos, recién salidos del banco, de mil pesos cada uno; trece “fragatas” que el demonio había colocado a mi costado, al lado de la hamaca reposera. No sé si fue un castigo divino o si lo soñé; sólo sé que esa noche el diablo visitó mi casa, y yo creo que para no irse más, porque de vez en cuando escucho, allá al fondo de la quinta, entre las higueras, la misma carcajada irónica, cínica y amenazadora; y siento el hedor del azufre que marca el paso y las huellas del Mandinga––. Hasta el día de hoy recuerdo la cara seria en contraste con la mirada pícara del viejo. Mi abuelo Victoriano enrolla el chala, pasándole la lengua lentamente por el borde, y prende el fósforo en la suela de la alpargata seca, antes de irse, despacito, hacia los cañizos, y las chapas de zinc donde se secan y se tuestan al sol las pasas de higos, un poco antes de llegar a los tunales del fondo de la quinta”.

capítulo treinta y cuatro

Al final de la lectura de la página 129 del quinto cuaderno “Laprida” me salteo casi dos carillas enteras; tengo que reconocer que lo de los diablos me dejó medio confuso y hasta diría que un poco atontado. Quisiera poder salir del aturdimiento con algo más concreto y real. Me saco los lentes de cerca, me refriego los ojos; estoy cansado pero prefiero leer sin anteojos:

BsAs, 20 de junio de 1973.
“Ezeiza: debido al luctuoso saldo de los disturbios, el ejército dispuso un acuartelamiento parcial de sus efectivos hoy. Incidentes muy graves ocurrieron cerca del palco dónde se esperaba que llegara Perón. Los desórdenes fueron vistos por nuestros informantes desde ese lugar.

“Decidióse no bajar en Ezeiza. Enfrentamientos entre grupos antagónicos. La repercusión en el exterior”. (La Vanguardia, La Plata, 20/6/1973): “El panorama argentino es hoy una mezcla de esperanza y confusión. Grupos de tendencias opuestas del propio movimiento justicialista han desencadenado una oleada de ocupaciones de establecimientos públicos: los derechistas invocan la necesidad de proteger a las instituciones de los marxistas, y los izquierdistas exigen la sustitución de los responsables de esos establecimientos. La guerrilla de la izquierda no peronista se ha convertido ya en el juez más severo del nuevo gobierno. Los secuestros no cesan.” (La Razón 20/6/1973)

“Luctuoso saldo de los disturbios. Un acuartelamiento parcial dispúsose. Incidentes graves cerca del palco. Los desórdenes vistos desde ese lugar. Una exhortación de Leonardo Favio: “Les pido a los integrantes de uno y otro bando que tengan compasión y una cuota de humanidad para con los prisioneros. Que tengan asistencia médica, creo que la vida humana tiene que ser respetada sin tener en cuenta las ideologías. Estos hechos podrían haberse evitado si no tuviéramos un inconsciente como ministro del interior.”(La Nación 21/6/1973)

“Hubo muertos, heridos y confusión. Tiroteos aislados causan muchas víctimas. Cámpora dirigió un mensaje desde Morón: “...les pido disculpas por las molestias, pero debemos tener, en definitiva, una inmensa alegría: el general Perón ha puesto nuevamente sus pies en el suelo patrio, y ya en forma definitiva, para conducir a este país y hacer una Argentina Liberada.” (La Prensa 21/6/1973)

Leia mais em: "Crónicas de Utopías y Amores, de Héroes y Demonios de la Patria" (J.V. Córdoba, 2006)

segunda-feira, 20 de junho de 2011

La breve historia de Doña Dorinha Fontes y Malena Gutiérrez

Entre la página 196 y la última carilla del tercer cuaderno de apuntes de papá, aparece un injerto de 16 páginas, un pliego completo de un tamaño de hoja más grande que el “Laprida”, doblado prolijamente en cuatro, en el que el viejo vuelve al tema de Carlos Prestes y su tentativa de encontrarlo a Villanueva para pasarle los pasaportes y el dinero para sus compañeros de exilio en Argentina. Lo leo por encima, pero prefiero concentrarme en los apuntes sobre su retorno a Argentina; él contaba que había pasado más de dos días viajando, primero en ómnibus hasta Foz do Iguaçu, dónde se encontró con el Negro, que lo ayudó a vencer el miedo de cruzar la frontera; y más tarde tomaron un micro de Costera Criolla que iba a Rosario, donde su padre había dejado el auto. Desde de allí manejaron hasta Córdoba, muertos de susto cada vez que la gendarmería o la policía caminera los paraban y les pedían que mostraran los documentos y abrieran las valijas.

Córdoba, octubre de 1981
“Volví por fin a Argentina después de dos años. Pensé que irían a pasar por lo menos tres o cuatro; y tampoco me imaginé nunca que cuando lo hiciera sería para buscar los papeles de mi residencia en Brasil: la Modelo 19, el paso previo a la permanencia definitiva. En fin, aquí estoy de nuevo, en un café de la Avenida Colón, mirando las veredas iluminadas por el sol fuerte de la primavera, mientras espero que mi viejo me lleve al Cabildo a ver si un tipo conocido suyo de la policía de Córdoba me consigue un “laises passer” para volverme a Buenos Aires sin riesgos; los milicos siguen en el poder y no hay que jugar con fuego; sigo escribiendo:

“Doña Dorinha Fontes había nacido en 1903, en Belem do Pará, hija de una hermosísima maestra primaria y de un circunspecto y pasajero agregado militar a la embajada argentina. De la madre había heredado la belleza rara de sus raíces portuguesas y de indios ribereños. Traía del padre la fascinación por los uniformes, las medallas de guerras inexistentes y por las influencias políticas nacidas en el fragor de las armas que sólo se usaban contra el pueblo y jamás se apuntaron contra un agresor extranjero.

La señora Dorinha había pasado también, como tantos espíritus encandilados por el militarismo en el Brasil del principio del siglo XX, de las pretensiones oligárquicas al encanto por las causas populares. Del padre argentino, Dorinha Fontes heredara la atracción por el misterio de la muerte, la fascinación por el destino de los héroes populares de la nación platina, que difícilmente encontrara en los trópicos, y que en todo caso la hacía mirar con más simpatía a los prohombres garibaldinos de Rio Grande do Sul, y los más modernos, como Luis Carlos Prestes y su columna itinerante gloriosa.

A los 19 años, contradiciendo la mala voluntad de su progenitor en recibirla en su retiro de militar jubilado en Carmen de Patagones, al sur de Buenos Aires; y oponiéndose a la firme resistencia de su madre, que no quería ni oír hablar del viejo conquistador uniformado, Dorinha tomó el barco y se fue muy al sur: “peguei o ita no Norte e foi no Rio morar” canturreaba Dorinha , riéndose de la mentira. El ita era el barco fluvial con el que, en vez de parar en playas cariocas, como en la música de Dorival Caym, Dorinha llegó al puerto de Santos, en el estado de São Paulo. En el puerto de la ciudad, la jovencita paraense alquiló una piecita de pensión en una casa para “moças de familia com boas referências” y en tres semanas ya tenía más de diez alumnos a los que les daba clases de portugués y matemáticas, aparte de algunos rudimentos de música que había traído en sus cuadernos de partituras desde el Norte.

Antes de cumplir los 20 años, Dorinha había juntado más de dos “contos de rei” en su billetera de cuero de yacaré, y ya preparaba de nuevo la valijita de cartón, ahora más llena de ropas que antes de salir de Belém. Nuevo viaje y nuevo puerto: en Montevideo pasó otro año y medio, aprovechándose de su belleza y su cultura bilingüe –al final, el rencor de la madre por su fugaz progenitor no había podido impedir que se interesara por el idioma castellano y lo estudiara hasta hablarlo a la casi perfección– oficiando de traductora en el consulado brasileño de la capital uruguaya.

Dos o tres viajes cortos en ferry-boat a la capital argentina la convencieron que Buenos Aires, y no la lejana y fría Carmen de Patagones era su destino final. Y por fin, el 20 de julio de 1926, una semana antes de cumplir 23 años, Dorinha se instaló en una pensión de la calle San Martín, a media cuadra de las Galerías Pacífico, en Florida. Daba clases de portugués a los hijos de los funcionarios de Itamaraty que se habían establecido en la capital porteña, o a los que venían de vacaciones de verano o de invierno desde Montevideo y no querían perder el idioma de la familia.

Así lo había conocido a Luis Carlos Prestes. El perfeccionamiento de su español escrito, tan naturalmente como lo dominaba al hablarlo, le había permitido llegar, antes de los 25 años, a ser maestra en el Normal N°5 en San Martín, partido industrial del Gran Buenos Aires. Fue en ésa época que se hizo amiga de Malena Gutiérrez, que estudiaba en el último curso del secundario, en la misma escuela. La madre de Malena había nacido en Pernambuco, una capitanía del norte brasileño que aguantó las guerras contra los holandeses desde 1630, el año de la invasión, hasta 1654, época de la restauración. Dicen que era tataranieta de Henrique Dias, el jefe de campo de las tropas negras en aquellos conflictos armados, cuyo nombre se eternizara en los batallones de Pretos que surgieron en las capitanías después de su muerte, em 1662. El Tercio, o cuerpo de milicianos de Henrique Dias, exclusivamente formado por negros, contaba con 17 compañías formadas por más de 1.500 hombres. Ésa era la estirpe de Malena, porteña de raíces brasileñas y africanas.

“––Doña Malena Gutiérrez, la ex alumna de 97 años que volvió a visitar el Normal N°5 del partido de San Martín, fue a charlar con los maestros de la escuela donde se graduó hace casi 79 años. Durante su visita, Malena vio las antiguas aulas de la escuela primaria en la que hizo su primera práctica docente, con los alumnos de segundo grado–– me lee Muñeca la noticia de la “Primera Plana” que mi mamá se dejó olvidada sobre la mesita de luz del cuarto del sanatorio. ––Cuenta la anciana que era una clase de lectura, en la que ella les explicaba las palabras, una por una, y el tema que irían a leer los alumnos, y luego los chicos leían en voz alta–– agrega. También hacían algunos trabalenguas, para poder soltarse más y perder la vergüenza que les daba leer en público–– lee Muñeca. ––Malena rememoró que en la escuela había mucha disciplina. En el recreo, las chicas jugaban a la mancha o corrían por el patio. Pero cuando tocaba el primer timbre, se quedaban duras como estatuas. Al segundo, iban a formar fila y tomaban distancia, y al tercero, marchaban a las aulas.

La viejita dejó la escuela con la hija menor, que la acompañaba, y fueron a sentarse en el café de la esquina de la plaza, enfrente a la estatua de San Martín. Se distrajo unos minutos mirando al señor que sacaba fotos con una antiquísima cámara con trípode, y que debía haber heredado el puesto de su padre, el fotógrafo que doña Malena había conocido, más de medio siglo atrás. Enseguida abrió la cartera y le mostró a Marta un paquetito amarillento; lo desató y sacó tres pasaportes, dos pasajes de Pluna, y unas libretas de enrolamiento antiguas:

––Ésto me lo dio Luis Prestes, ¿sabés?, eran para Villanueva, pero nunca lo pudo encontrar; después lo llevaron preso, a Prestes digo, y lo deportaron de vuelta a Brasil–– le comentó, sin mucho entusiasmo, y cerró los ojos por causa de la luz fuerte que reflejaban los parabrisas de los autos cuando giraban en la esquina de la plaza.”

Capital Federal, 23 de abril de 2006, once y cinco de la noche.
Mientras espero en el Aeroparque Jorge Newbery, leo un par de noticia en el Clarín, en papel, aprovechando la ocasión de escaparme un poco de la Internet y poder hojear el suplemento cultural del domingo; lo leo y releo, y el vuelo a Córdoba no se define. Veo que empieza un movimiento extraño en los tableros electrónicos del panel de llegadas y partidas, y de pronto, todos giran enloquecidos con el ruido de un tableteo de ametralladoras. Enseguida, en donde se leía “vuelo tal de la compañía aérea equis”, se lee ahora “cancelado, cancelado, cancelado”, o sea: ¡huelga general de los controladores de vuelo! Ni siquiera trato de acercarme a los mostradores de Aerolíneas Argentinas y de Varig, empresas en las que compré mis combinaciones; guardo en el bolsillo el tícket aéreo que ahora no va a servirme de nada, salgo corriendo a la parada de remises y me voy a Retiro, a ver si encuentro un pasaje en ómnibus. En el auto vuelvo a la lectura del cuaderno “Laprida” con las anotaciones del viejo:

“––Mirá, fijate bien, parece que estuviera soñando–– dice Graciela. ––Parece que mueve los párpados, fijate!–– repite, bajito, y corre a llamar al médico.

––No, no puede ser–– le contesta Raquel, pero su hermana ya salió de la habitación en busca de ayuda. ––El doctor Fuentes dijo que el paciente en coma no sueña–– completa su frase inútil Raquel.

Anibal Fuentes, muy estudioso desde jovencito, era lo que se llamaba en aquellas épocas un verdadero sabelotodo, y se pasaba los fines de semana encima de los libros de medicina. Para mandarse la parte, decía mi mamá; pero yo creo que él realmente se preparaba con dedicación en aquellos largos estudios anticipados que iban desde la siesta hasta muy entrada la madrugada. Y era de él que había sacado Raquel que los enfermos en estado de coma emocional no podían soñar. Anibal se lo había dicho, y ahora él era el doctor Fuentes; sabía lo que hablaba y Raquel se lo creía a pies juntillas.

Leia mais em: "De Utopia e amores, de Heróis e demônios da Pátria", JV. Córdoba, 2006.

sexta-feira, 17 de junho de 2011

O Grande Chaco e "La Fidelidad"

Manuel Roseo, imigrante italiano de 75 años, era o dono de La Fidelidad, uma estancia avaliada em centenas de milhões de dólares, que se espalha em 250 mil hectáreas entre o Chaco e Formosa, na Argentina, que havia sido comprada de Jorge Born nos anos de 1970.

Na Argentina existe uma enorme fazenda de 250.000 hectares que pertenceu a um único proprietário - dom Manuel Roseo- que foi morto sem deixar descendentes. La Fidelidad (fidelidade) é o nome deste estabelecimento rural que cobre cerca de 140.000 hectares na província do Chaco e um pouco mais de 100.000 na vizinha Formosa. Este é um enorme reservatório de biodiversidade, que liga as bacias dos rios Bermejito e Bermejo, uma amostra representativa de todos os tipos de florestas, savanas, pastagens e zonas húmidas do enorme interflúvio ou mesopotámia do Nordeste argentino. Não só não existe nenhuma outra propriedade na região desta dimensão, como é, sem dúvida a maior floresta nativa remanescente na Argentina, um local estratégico para a biodiversidade, mas, obviamente, sujeito à intensa pressão de desmatamento, que faz com que o território perca, a cada ano centenas de milhares de hectares de florestas, o que que arrasa com todos os serviços ambientais que elas prestam. Um 62 por cento do Grande Chaco Americano, é uma ecorregião que fica dentro da Argentina; e dessa área, apenas 3,2 está dentro de qualquer área protegida. Entre os parques nacionais, há um, no Chaco Seco e dois no Chaco Úmido, mas nenhum na transição para o Chaco Semi-árido, onde fica La Fidelidad.

Assim, a Administração Nacional de Parques está muito interessada em adicioná-lo ao sistema nacional de áreas protegidas. Depois de décadas de destruição da floresta e da expansão de plantações de mono-culturas industriais, especialmente da soja, e agora com a pecuária, a área finalmente se transformou em um terreno baldio, um verdadeiro páramo. O que vai trazer muitos problemas adicionais, porque o Chaco é uma floresta com pessoas morando dentro. Aqueles que conheciam El Impenetrable (o Impenetrável), com toda a sua enorme riqueza natural, podem imaginar que La Fidelidad é uma segunda chance, talvez a sua última, para conservar este ecossistema que está sujeito a um risco enorme e imediato: já há ofertas para vender essas terras, até na Internet, o que exige que de um modo urgente as autoridades ofereçam uma oportunidade às florestas e bosques, antes que seja tarde demais para criar uma grande área protegida e complementar os sistemas naturais, ajudando a cumprir os objetivos de protecção da biodiversidade internacionalmente aceitos. La Fidelidad está dentro de uma das áreas prioritárias para a conservação da biodiversidade do Grande Chaco, na avaliação coordenada pela The Nature Conservancy (TNC), World Conservation Society (WCS) e da Fundación Vida Silvestre Argentina (FVSA) para o Grande Chaco. Essa avaliação incluiu representantes da UBA como GEPAMA, Aves Argentinas, INTA, o governo de Chaco, a Administração de Parques Nacionais (APN) e outras universidades nacionais, associações de produtores, ONGs e governos provinciais e municipais na Argentina bem como instituições similares nas vizinhas Bolívia e Paraguai.


yaguaretéA criação de uma vasta área protegida também permitiria a restauração de outros ecossistemas degradados na mesma região, que é o verdadeiro coração geográfico da América do Sul. Porque o Grande Chaco abrange não só o Nordeste da Argentina, mas também muito do território do Paraguai, Bolívia e a região sul da Amazônia brasileira.

É desejável que os governos das províncias de Chaco e Formosa, o governo federal argentino possam evitar o saque da área e contribuir para a conservação dessa gigantesca floresta nativa. Essa, como dissemos, é uma oportunidade única para abrir espaço para um novo paradigma no uso da terra, que combine os valores das necessidades de conservação com os do desenvolvimento de uma forma inteligente.

Mais informações sobre o tema: veja no O Corsário do Mempo, blog do M. Giardinelli o artigo Salvar La Fidelidad na contratapa de Página/12 de 20 de Abril de 2011: http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-166620-2011-04-20.html

segunda-feira, 13 de junho de 2011

Carlos y los años sesenta del lejano siglo XX

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Carlos y los años sesenta del lejano siglo XX


Carlos era simpático y dicharachero. Más bajo y más moreno que Victoriano, un tipo sonriente y conversador; de cara, era medio parecido a Perón o a al mismo Carlitos Gardel; digamos, un argentino promedio.

Era el menor de los Unzaga y, según contaban los viejos, por causa de un padre autoritario, igual que los hermanos mayores, se fue muy joven de casa.

Pero Carlos se pasó: en vez de irse a Santiago, por ejemplo, de donde provenía la familia, o quedarse en Catamarca, simplemente se tomó el ómnibus y se mandó a mudar a Buenos Aires. Y así fue que su vida se alejó durante décadas del sol ardiente, el chañar y el mistol, y se perdió en el tumulto de las calles porteñas, los colectivos ruidosos del Gran Buenos Aires, sobre todo Avellaneda, Lanús, Lomas de Zamora y La Plata.

-Carlos se casó en La Plata, tuvo varios chicos y luego se quedó viudo- cuenta Victoriano. -Casi no venía nunca a Catamarca, pero como todavía era joven, se casó otra vez, y ahí sí, volvió a visitarnos.

Una vez por año, era una fiesta: el viejo Victoriano rejuvenecía veinte o treinta años cuando llegaban Carlos, María Luisa y la nueva familia. Ruidosos, con su acento y su hablar rápido de porteños, deslumbrados con las delicias de la vida pueblerina en Las Chacras, los chicos secundaban con algarabía las aventuras de la madre, descubriendo un mundo de colores, olores, frutas y flores que nunca había visto en el recorrido urbano del sur bonaerense.

Y las Chacras con sus pueblos también era una fantasía colorida, por lo menos a los ojos de los que íbamos de afuera: yo, desde Mar del Plata primero, y desde Córdoba más tarde; Carlos Unzaga, María Luisa, y los tres chicos, desde el sur bonaerense.

Cosas y eventos fantásticos o descomunales ocurrían por esos años, mezclados con lo cotidiano: golpes de estado en Brasil, cañoneras y tanques echando a presidentes en Buenos Aires, imponiendo la proscripción de un partido o un movimiento popular, mientras en Catamarca -y sobre todo en La Falda y San Antonio- se sucedían las procesiones de santos, las misiones de la Cruz, el perro de Victoriano lo mordía a Alejandro, Javier se caia en la fuente de la plaza del pueblo, y cadenas horripilantes se arrastraban, por debajo de la casa, a la noche, mientras la Viuda Negra entraba y salía del ómnibus en La Falda, asustando a los visitantes y divirtiendo a los lugareños.

Nunca más nos vimos -bueno, nunca es demasiado fuerte, digamos que casi nunca más- y los años pasaron. Dos cartas llegaron, una del hijo menor de Carlos, y después otro de la hijita. Inocencia y candor de los dos, las cartas parecían -y lo eran- piezas inmaculadas, resumen de la pureza de los buenos, de los que han sacado de unas pocas experiencias en Las Chacras, de los cuentos de Victoriano y las mentiras folcóricas del Negro Unzaga, las mejores conclusiones posibles, los mejores aprendizajes de la vida.

Fueron los años más felices de mi vida...¿será verdad? No, también es una exageración: éramos inocentes y puros, deslumbrados por las fantasías que sólo nosotros veíamos; no habían desaparecido ni habían asesinado todavía a miles de amigos y parientes, las botas de los poderosos no habían cortado de cuajo las ilusiones de una generación y media de jóvenes; no habíamos vuelto a tener una guerra desde la derrota del indio patagónico.

Éramos puros en los años sesenta del lejano siglo XX, y Carlos Unzaga, y su hermano mayor, Victoriano, los tíos, sobrinos y primos -todo mezclado, como en Guillén- girábamos en torno de un universo que no se había roto todavía, que no tendríamos que recomponer después, como los trozos de vidrio de un cuadro familiar quebrado por la ignorancia y el afán desmedido de ganancias y poder.

Javier Villanueva. São Paulo, 2011.

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quinta-feira, 9 de junho de 2011

Las aventuras y desventuras de Joaquín Murieta




El abuelo Victoriano me contaba de vez en cuando algunas historias insólitas; y yo pensaba que se trataba de sus propias aventuras; algo así como ocurre ahora con mis cuentos "basados en hechos reales", como dicen mis hijos, incrédulos, cuando se los relato. Muchos años después, hablando con el tío Pibe y el otro abuelo, don Samuel, supe que no, que eran historias verdaderas, aunque a veces suenen a pura leyenda. Como la del hombre que parece que inspiró las historias de El Zorro.


La de Joaquín Murieta también parece casi un cuento, de tan legendaria y popular. Y es que se trata de la audacia y la dignidad de aquellos despojados de su trabajo, del suelo en el que habitan, y de todos sus derechos.


Algunos se lo imaginan a Murieta como chileno, "un honrado mozo natural de Quillota". Otros lo quieren pintar como a un mejicano de Sonora. Es que sus huellas se pierden como el agua en la arena, casi en el momento de su propio parto. Pero de algo sí estamos seguros: era latinoamericano y un rebelde.
Cuando la California dejó de pertenecer a la corona española, pasó a ser por derecho, mejicana. Pero como ya era rica y extensa, fue anexada por los Estados Unidos en 1848, bajo el garrote de la Doctrina Monroe. Luego seguirían las anexiones de Texas, Sonora, Nuevo México y un pedazo de Arizona. Así fue que el antiguo Méjico -o México- perdió 55% de su territorio original.


Ese mismo año, 1848, se descubre la primera pepita de oro en Yerbas Buenas, territorio de Los Angeles. La noticia se desparrama por toda América, llega a Chile y desde los puertos salen barcos con centenas de los mismos ilusionados de siempre, aventureros más o menos inocentes, pícaros y bandidos, eternamente atrás de los frutos aparentemente fáciles de unas minas casi vírgenes. En California pronto la xenofobia y el racismo en contra del inmigrante latino se fueron convirtiendo en persecución y muerte. Muchos de ellos se volcarán decididamente al bandolerismo, entre los más conocidos estaba nuestro héroe, Joaquín Murieta.
Desde 1848 en adelante, parten miles de inmigrantes hacia California llamados por la fiebre del oro. Los "lavaderos" del metal son trabajados por chilenos, peruanos y mexicanos, sobre todo. Los yanquis ven que algunas de las mejores vetas son explotadas por los “greasers”, como llamaban a los latinos antes de darle el todavía más despectivo mote de "cucarachas".


La persecución legal e ilegal no tarda en aparecer. El Gobernador Militar de California, general Persifor Smith, acusa duramente a los extranjeros y anuncia su expulsión. La violencia de los mineros y comerciantes norteamericanos se lanza sobre los campamentos de los latinos.


En el centro y norte de California, a los mineros perseguidos -peor que cuando los Reyes Católicos expulsaban a los judíos que no querían convertirse al cristianismo, allá por 1492- les daban tres horas para que se fueran sin llevarse nada: ni las miserables pertenencias ni sus aperos; entonces muchos se esconden en San Francisco y van hacia las minas del sur. Luego les imponen una tasa de veinte dólares mensuales por lavar oro, y los persiguen con otras formas de hostigamiento.


Murieta, según dicen, tuvo su hermano asesinado, le incendiaron la casa y su mujer fue violada, logrando él escaparse y después sobrevivir a duras penas. Las rigurosas leyes del más fuerte aumentan la xenofobia y las acusaciones infundadas de robo o asalto contra los latinos. Los juicios son sumarísimos e ilegales, y en cualquier saloon se forma un sospechoso “jury” que condena en el acto al acusado a la pena de azotes o directamente a la horca.

El caso de Murieta es parecido: había llegado a San Francisco para juntarse a su hermano Carlos y su nombre y su vida habrían seguido en el anonimato si la espantosa afrenta que le hicieron no hubiera torcido su destino. Estaba un día con un grupo de otros chilenos trabajando en el lavadero que habían descubierto, cuando repentinamente llegaron los "reguladores" con sus rifles, y sin vacilar robaron a los mineros, y dieron muerte a los que no pudiron huir. Impotente, Murieta vió el asesinato de su hermano y el de su esposa, cayó con graves heridas y se salvó tan sólo porque lo dieron por muerto.


Aquel horror lo transformó de un día para el otro: de "honrado mozo" pasa a ser el hombre que aparece de pronto en los caminos encabezando la banda de asaltantes más numerosa y sanguinaria que registra la historia del Golden State. Una caballería de trescientos chilenos y mejicanos, lo seguía como a un condotiero.


Es la época en que miles de latinos dejan California, mientras los que aguantan quedarse tienen que asumir el trabajo más duro en la explotación de los "lavaderos" marginales, siempre perseguidos. Y muchos se vuelcan al bandolerismo como reacción a la injusticia. Aparecen bandas como la famosa Guadalajara o la de Mariposa, la de Narrato Ponce, la del bandido Leiva o la de Tiburcio Vásquez. Entre ellas la de los Joaquines: Carrillo, Valenzuela, Ocomorenia, Botellellir y la del legendario Joaquín Murieta junto a “Juan Tresdedos”.
Desde las minas, el bandolerismo baja al valle, y de allí se desparrama hacia los caminos. Primero es el cuatrerismo -como se le llama al robo de ganado- en la etapa inicial, y los rancheros californianos son asolados en 1851. Luego caen sobre los arreos de vacas, se extienden al robo de caballos, y al asalto a ranchos y a diligencias. El gobierno impone la pena de muerte al bandolero: quién sea sorprendido será ejecutado en el acto. Los bandidos se juegan la vida: no pueden caer vivos en manos de los “galgos”.


De pronto, sin que se sepa bien cómo, todas las acciones armadas de los bandoleros empiezan a ser atribuidas a Joaquín Murieta, el más audaz de toda California; y así se va tejiendo su leyenda y su cabeza pasa a valer 1.000 dólares, vivo o muerto.


Contaba Victoriano Unzaga que los gobernadores de California contrataron a Harry Love, un hampón veterano, para que formase una compañía de “Rangers” que, en tres meses de plazo, le diera caza a Murieta. En mayo de 1853 sale la cabalgata, mientras los rastros de Joaquín Murieta desaparecen y se borran como la arena en el viento. Días antes de vencerse el plazo, caen sobre un grupo cualquiera de mexicanos -no el de Murieta- que descansan junto a una fogata, y mientras algunos de ellos logran escapar, dos mueren. A uno de los muertos lo decapitan como prueba de que Joaquín está terminado. Un cartel llama a la exhibición como trofeo de un bandido del cual no tienen ni siquiera la certeza del apellido.
 
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terça-feira, 7 de junho de 2011

La Casa de Ovejero, el amigo de Victoriano Unzaga

El sexto cuaderno “Laprida” continúa sin aparecer; pero el cuarto (o el quinto, todavía no se sabe si es ese el órden correcto) es más largo y denso; hay menos espacios en blanco y la letra manuscrita en lápiz tinta violáceo es más apretada. Aunque ya empiezan a esbozarse algunos personajes, todavía la trama me parece bastante difusa e indefinida; por ejemplo, no sé a esta altura  todavía, qué pasó con Carlos Prestes y su persecusión infructífera de Javier Villanueva; leo:

“Tres días después, Raquel se volvió a la Patagonia, y mi tía Gringa y Luis quedaron encargados de cuidarme. Sigo en coma, pero saber que estoy tan cerca de los dos me devuelve la imaginación a Las Chacras, a sus caminos de tierra apisonada, a las siestas calientes en la finca del abuelo y a la historia fantástica ocurrida en la Casa de los Ovejero.

"Me adormezco y empiezo a recordar con preciosos detalles una de mis tantas escapadas, allá por los años setenta, cuando vivía entre Buenos Aires y Córdoba, de visita a la tía Gringa y a mis abuelos en Catamarca.

"Me acuerdo bien que la huelga de taxis y de los ómnibus locales se desató sin piedad en la ciudad de San Fernando del Valle ni bien me bajé del micro de la Cacorba, en la vieja terminal. Primero pasé por lo de doña Juana y don Samuel, mis abuelos paternos, que vivían a pocas cuadras de allí, para verlos un rato y por si acaso algún primo me podía acercar hasta las Chacras, a Piedra Blanca o a la Falda; pero no tuve suerte, habían salido. Lo busqué al tío Luis en lo de Ramón Sánchez. Pero tampoco había nadie en casa.

“Decidí ponerme a andar, ya que no había más remedio, y así pasé más de dos largas horas, durante una tarde triste de finales del otoño, en un año de mitad de los 70. Tarde oscura, silenciosa, y con pesadas nubes flotando en los cielos, mientras iba cruzando a pie, a través de una extensión monótona de campos de maíz, tabaco y soja, los siete quilómetros que van desde la capital, San Fernando del Valle de Catamarca, hasta la villa centenaria de San Antonio de Fray Mamerto esquiú, cerca de Piedra Blanca.

"De vez en cuando me daba vuelta y miraba hacia atrás, con la esperanza de que en algun momento aparecería un auto, un “sulky”, o quizás una moto que pudiera acercarme un poco por lo menos. Giré la cabeza unas seis o siete veces en los primeros tres kilómetros; pero nada ni nadie se movía en la ruta, que cada vez se volvía más un camino estrecho y pintoresco. Cuando ya faltaban menos de mil metros para llegar a los límites urbanos de San Antonio, me di vuelta de repente y vi algo que se movía rápido por detrás de un arbusto. Empezaba a oscurecer y sentí un escalofrío, aunque no me pasase por la mente ninguna sensación de miedo. Me detuve, porque sólo había descansado un par de veces en casi dos horas de caminata. Sentado en una verja de piedras, tal vez una “pirca” antigua de la época de los diaguitas, miré hacia atrás. Parecía, o por lo menos así lo sentía, que había alguien observándome. Me levanté de una vez y corrí rápido al lugar en el que el bulto se había movido. Pero más rápido todavía desapareció la sombra, atrás de árboles frondosos y oscuros. Entonces retomé muy de prisa el camino y llegué casi corriendo al pueblo, en menos de diez minutos.

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domingo, 5 de junho de 2011

Pecadillos de juventud

Epílogo


Llovía pesado en toda la región de la casona serrana. Los bananeros se doblaban bajo las aguas en ese final de diciembre que, como Javier Villanueva bien lo sabía desde hacía 32 años, es siempre igual en São Paulo: frío, lluvia, un sol de soplete al mediodía y humedad helada a la noche. Los ipês con los gajos pelados, las pitangueras y los coqueros, llenos de frutitas disputadas con estruendo por bandos de cotorras y, un par de veces al día, por parejas de loros barranqueros y hasta dos o tres tucanes de pico verde, unos ahuyentando a los otros, todos atrás de las pitangas, las moras y mangos del verano raro que siempre empieza igual.

Esa mañana temprano, cuando todavía estaba seco y apenas asomaba el sol, tres papagayos enormes volaron por encima de la cabeza de Javier, abriendo dos pares de alas verdes, rojas y amarillas, enormes, ruidosas, lindas.

Pero cuando ocurrió lo inesperado, empezaba la noche y llovía, y a Javier le pareció raro que, atrás del ruidito monótono del agua corriendo por las tejas y goteando fuerte por las canaletas de desagüe, de vez en cuando se oyera el roznar del pastor ovejero. Como si algo o alguien estuviera entre las sombras y lo asustase al perro guardián.

“––Varias veces paré de escribir; aguzaba el oído y escuchaba el gemido del ovejero y enseguida un gruñido. Pensé incluso que podía no ser el perro, y decidí asomarme al ventanal. Entonces lo vi; detrás de las plantas de mandarinas estaba él. Mojado, porque llovía mucho. No parecía haber envejecido casi nada, a pesar de los 33 ó 34 años que pasaron desde que lo había visto por última vez–– cuenta Javier.

––Respiré hondo, tomé coraje y abrí la puerta de la cocina; el perro no parecía estar nervioso con la presencia del Viejo, curioso tal vez. Parece que sabía que éramos antiguos conocidos, quizás viejos compañeros; pero no, el perro no podía saberlo. Israel había perdido poco pelo de su cabellera antes negra y ondulada, ahora encanecida. Los bigotazos prietos de los años setenta eran más blancos que grises, y yo me distraje pensando, menos mal que me había afeitado el mío, no aguantaba verme con bigotes de Santa Claus. Pero a Israel Vilhas no le quedaban mal. O era yo, quién sabe, que todavía veía alguna belleza en esa cara sufrida, arrasada por el dolor de la traición. Ojos chiquitos, negros, sefarditas, pícaros, inteligentes–– discurría y se justificaba Javier.

––Pero...pasá, digo, sentáte, Israel, ¿cómo estás? ¡cuánto tiempo!

––Mucho; mirá, vine a explicártelo todo; vos escribiste algunas cosas sobre mí, y Yuyo también; pero Uds. no lo saben todo–– dice Javier que le largó el Viejo, serio e intimidado, muy cauteloso primero, más simpático y seductor enseguida, cambiando de a poco, como con algún pudor, con miedo de que Villanueva recordara sus modos, su estilo. ––Ya soy viejo, no te olvidés que tengo la misma edad de Fidel, ¿no?–– le larga de pronto Vilhas.

––Sí, y la de mi viejo, y la de Videla y Menéndez...¿Qué tiene que ver, Israel? Mi generación y la tuya sólo tienen 20 ó 25 años de distancia, pero pasamos por las mismas alegrías y por los mismos horrores. ¿Qué tiene que ver con lo que hiciste?–– le devolvió Javier Villanueva, impaciente.

––Tuve mucho miedo Javier; me habían amenazado las Tres A en el '74, y otra vez en el '75–– se justificó Vilhas.

––Sí, y a mí también, y a media Argentina, y además mataron a miles de los nuestros, ¿y qué tiene que ver éso?–– lo acorralaba Javier a Vilhas con sus preguntas.

––Yo tenía ése dinero y lo necesitaba; ¡habían matado a mi sobrino, lo desaparecieron en la frontera; mi mujer y mi hija estaban aterrorizadas!–– trata de explicarse Israel Vilhas.


––Todos estábamos así, Israel, todos nos moríamos de miedo. Pero ésa plata no era tuya, era de todos nosotros. La necesitábamos igual que vos, para pagar los alquileres y comprar comida para más de doscientos compañeros clandestinos que no podían trabajar. La necesitaba Mauricio, de Materfer, ¿te acordás? Y el negro Tony, del Sitrac, y yo, y el Pelado, el Caballo, el Vasquito, el gordo Chupete, y etcétera, etc. Pero además, sobre todo, la necesitábamos para soltarlo al trosko Salvatierra, el tucumano que tanto te admiraba desde los años del Malena, ¿te acordás de él, no? El que siempre hacía bromas cuando nos encontrábamos: ¿vives todavía?, decía; era su forma de espantar el miedo. Precisábamos mucho de esa plata que te llevaste sin permiso, sin avisarnos siquiera; la necesitábamos para dársela a un milico que lo iba a soltar a Salvatierra sin que lo supieran sus superiores en Campo de Mayo, ¡y vos te fuiste al exterior con la guita, Israel!

––Javier, tenés que entender, ¡yo ya había hecho mucho! Después del golpe los milicos iban a lograr lo que no habían podido hacer las Tres A: ¡secuestrarme, torturarme y finalmente matarme! entendélo–– casi lloraba el Viejo.

––¡Y no pedís perdón Israel!, te justificás con el miedo que todos sentíamos, con el terror que a algunos los paralizaba, y a otros nos impulsaba a seguir pedaleando cuesta arriba, contra todas las evidencias–– lo apretaba Javier al Viejo, y se acuerda de Chico Buarque: era el momento exacto en que todos los barcos se llaman a puerto porque la tormenta que se viene es terrible.

––¿Y tu actitud dos semanas antes de que desaparecieras? Cuando el Pelado Rafa, -el Polo, ¿te acordás?- contó que el Bocha estaba muy asustado, que a pesar de todo su esquematismo e inflexibilidad -que a veces lo hacían parecer inquebrantable- el Bocha se había quebrado; el miedo y el instinto de sobrevivencia habían superado sus dogmas ideológicos y políticos. El Bocha se iba a Italia. Y todos nosotros dijimos …¡y bueno!, qué se le iba a hacer, tener miedo es humano, y antes de más nada éramos hombres de carne y hueso: que si quería irse que se fuera, y le daríamos incluso cobertura y contactos con los italianos–– le recuerda Javier al Viejo.

––Pero vos no, Israel; vos reaccionaste con rabia, lo criticaste duramente, dijiste que el Bocha era un traidor, que abandonaba la lucha en el peor momento. Y quince días después, vos desapareciste, diferente del Bocha que se reconoció quebrado y con miedo; vos no, te fuiste en silencio, tal vez después de haber negociado desde dos o tres semanas antes, tu fuga a la tierra de tus ancestrales, al refugio seguro del estado que lleva tu mismo nombre, y dónde tampoco te sentiste bien, porque nunca dejaste de ser un contestador, claro, y a ésa altura no te ibas a poner a inventar teorías para justificar o hacer de cuenta que no veías los crímenes contra el pueblo palestino, ¿no?

––En vez de decir claro “necesitaba dinero, tuve miedo y me dio vergüenza de decirlo porque 15 días antes había condenado al Bocha que se iba a Italia. Tuve pudor, porque condené a Bocha cuando se fue, y dije que era una defección, a diferencia de todo el resto de nosotros”–– insiste en apretarlo al viejo y esperar su arrepentimiento, Javier.

––¡Andate, por favor! Te pido que te vayas Israel, y que no le cuentes a nadie que nos vimos, porque si respondieras en público con nuevas incongruencias, y esto se volviera una polémica, voy a tener que abrírsela a otros compañeros de aquél tiempo, y ellos se sentirán con todo el derecho de hacerla pública. Y aquí mismo decido que no quiero realmente hablar más con vos, y que voy a tratar de enterrar tu fantasma de una buena vez, a menos claro, que ocurra el milagro de verte contando la parte de verdad que te toca–– se arrepiente Javier de haber tratado alguna vez de contactarlo al viejo, y de esperar que se avergonzara de lo que hizo.

––Además, Israel, te aviso que Pancho desapareció; junto con el Esquizo y Salvatierra -¿te acordás? el dirigente azucarero tucumano- fueron presos y secuestrados y no delataron a nadie, mucho menos se los vio en la calle entregando compañeros. Pancho, que te idolatraba hasta la obsecuencia, no señaló a nadie y la mentira que dijiste –que te fuiste porque uno de ellos podía marcarte en la calle- me indigna, porque jamás nadie comentó nada sobre esto, en una época en que la paranoia de los secuestros y colaboraciones de algunos pocos presos con los militares era tema de intercambio de informaciones entre todos los que sobrevivíamos. Si hubiera sido comentado, cierto o injusto, yo y muchos de los que estamos aún vivos lo hubiéramos oído–– se exalta, se contiene, y lo aprieta Javier al viejo Vilhas.

Y el viejo sale, con la mirada fija en la nada, con los ojos vacíos de quién ya no ve el futuro. Israel se aleja callado, debajo de la lluvia que ahora está más suave, y se da vuelta despacio. Javier no puede dejar de sentir pena, tal vez la misma compasión judaico cristiana de fondo que los Villanueva traen desde lejos en sus genes, desde que sus antepasados, como los de Israel Vilhas, 500 años atrás tuvieron que elegir entre dejar España, sus propiedades y el oro, o abandonar su religión y poder quedarse en el país y conservar parte de los bienes; y eligieron lo último.

Tal vez allí haya comenzado la pusilanimidad, la tendencia a doblarse, a cambiar los principios por el bienestar del prestigio y los efímeros goces materiales, que algunos lograron vencer, y otros como Vilhas, no.

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sexta-feira, 3 de junho de 2011

¿Qué Historia es ésta?



Según el nuevo Diccionario Biográfico Español editado por la Real Academia de la Historia, Francisco Franco “montó un régimen autoritario, pero no totalitario” y participó en un “pronunciamiento militar fallido” que “desembocó” en una Guerra Civil (surgida como por esporas) tras el “desmoronamiento de la legalidad republicana”.

Así que Franco no fue un golpista ni el franquismo un sistema “dictatorial”; tal calificativo prefiere reservarlo la Academia para el Gobierno republicano presidido por Juan Negrín.
Estos son algunos de los disparates que ofenden al rigor histórico desvelados por este diario en los últimos días, tras acceder a 25 de los 50 tomos que constituyen una obra monumental encargada por José María Aznar en 1998 y cuya elaboración ha costado más de seis millones de euros al erario público. No es baladí el dato de que el coste del Diccionario Biográfico sale del bolsillo de los contribuyentes. Si hubiera sido sufragado por la Fundación Francisco Franco, parecería lógico que el perfil del dictador fuera encargado al historiador que preside la Hermandad del Valle de los Caídos; si el mecenas fuera el PP, se entendería que los textos sobre Aznar o Esperanza Aguirre fueran escritos por un alto cargo de sus gobiernos. Como el pagano de esta obra es el Estado, ya tarda el Ministerio de Educación (de quien dependen las Academias) en exigir responsabilidades y corregir los insultos perpetrados contra la historia y la memoria de los españoles.

Fuente: http://blogs.publico.es/buzondevoz/646/historia-y-propaganda/
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Algunas reacciones en España: 


Jurassic Park o la Real Academia de la Historia



Los militares del bando franquista: héroes; los del bando republicano: villanos. El golpe de estado del 23-F fue un “suceso”, no un golpe. El partidismo es indisimulado en el encomio a personajes del Partido Popular: Aznar, Cascos, Aguirre, Camps y otros son considerados ejemplos del buen gobierno. Por supuesto, las elecciones del 2004 en las que venció el PSOE no fueron verdaderamente democráticas….y así decenas de ejemplos en los que se confunde deliberadamente historia con propaganda, se cambia rigor por sectarismo, y se ningunean las aportaciones de los que realmente han estudiado e investigado este periodo: E. MoradiellosA.Viñas,P.PrestonG.CardonaP.YsàsJ. P. FusiR. CarrJ. CasanovaS. JuliáS. Álvarez, A. Soto, J. Aróstegui, J. F. Fuentes y tantos otros historiadores, solventes y rigurosos.